España está demostrando un notable liderazgo en el crecimiento económico dentro de la eurozona, un fenómeno que se espera continúe hasta al menos 2025. Las proyecciones de entidades como el Fondo Monetario Internacional y BBVA Research indican un crecimiento del PIB cercano al 3% anual para el país, superando significativamente el 1.3% estimado para el conjunto de la eurozona. Este dinamismo se ve reforzado por datos recientes del tercer trimestre, que muestran un aumento trimestral del 0.6% en la actividad, impulsado principalmente por el consumo interno y la inversión. Además, la tasa de desempleo ha disminuido a un 10.5%, un nivel no visto desde 2008, lo que subraya la resiliencia del crecimiento español, apoyado en un mercado laboral robusto y un gasto interno fuerte.
A pesar de estos indicadores positivos, persiste una vulnerabilidad estructural que podría comprometer la sostenibilidad de este ciclo expansivo: el estancamiento de la productividad. Aunque el PIB de España ha superado en un 10% los niveles prepandemia y el número de ocupados ha alcanzado cifras récord, la productividad laboral por hora trabajada solo ha crecido un marginal 2.1% desde finales de 2019. Más preocupante aún, la productividad por persona ocupada permanece por debajo de los niveles previos a la pandemia. Esta disparidad se atribuye en parte a la disminución de las horas trabajadas por empleado, exacerbada por el aumento de las bajas temporales. En consecuencia, el crecimiento del PIB actual se basa casi exclusivamente en la creación de empleo, en lugar de en una mayor eficiencia, mientras que la inversión en capital fijo y maquinaria sigue siendo insuficiente, sin alcanzar los niveles previos a la crisis sanitaria. La brecha en la inversión en intangibles, como el software y la innovación, también es notable en comparación con economías más avanzadas. La eficiencia general en el uso de los factores productivos en España es considerablemente inferior a la de los líderes europeos y a la de Estados Unidos, lo que refleja una estructura empresarial dominada por microempresas con baja capitalización y escasa propensión a la innovación. Además, el gasto en I+D, aunque creciente, sigue por debajo de la media de la UE y de países líderes, y la calidad del capital humano presenta déficits significativos en habilidades clave como la comprensión lectora y las matemáticas.
Para asegurar una prosperidad duradera, España debe abordar de manera integral el desafío de la productividad mediante una estrategia de cinco pilares. En primer lugar, es crucial mejorar el capital humano a través de la formación continua, el reciclaje profesional y políticas activas de empleo que faciliten la cobertura de vacantes laborales. En segundo lugar, se debe fortalecer la inversión productiva y tecnológica, priorizando proyectos con un alto potencial de impacto en la productividad y la innovación. Un tercer eje fundamental es la eliminación de obstáculos a la inversión privada y al crecimiento empresarial, lo que implica una revisión de las regulaciones, la reducción de cargas administrativas y la digitalización de las administraciones públicas para que actúen como motores de la productividad. El cuarto pilar consiste en fortalecer el ecosistema de innovación, fomentando una mayor autonomía universitaria, la colaboración público-privada y los estímulos a la investigación y el desarrollo. Finalmente, es esencial fomentar la competencia y la integración de mercados, tanto a nivel nacional como europeo, para impulsar la eficiencia y la competitividad.
El camino hacia un crecimiento sostenible y una prosperidad genuina para España radica en trascender el mero crecimiento cuantitativo para enfocarse en la mejora cualitativa. Si bien el país ha demostrado una resiliencia encomiable frente a los desafíos globales, su dependencia de un crecimiento extensivo del empleo, con una baja intensidad de productividad, no es viable a largo plazo. Es imperativo que España eleve su productividad, que es el verdadero motor del bienestar social y la competitividad, para transformar su actual liderazgo coyuntural en una era de prosperidad duradera y equitativa. Al centrarse en estos pilares fundamentales, el país no solo asegurará su posición en la economía global, sino que también construirá un futuro más próspero y resiliente para sus ciudadanos, demostrando un compromiso firme con el progreso y la innovación.
