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El equilibrio de la microbiota: clave para la salud y el envejecimiento femenino

La microbiota, ese vasto universo de microorganismos que habitan en nuestro cuerpo, se erige como un pilar fundamental para el bienestar integral, trascendiendo su conocido papel en la digestión. Investigaciones recientes subrayan su impacto crucial en sistemas como el inmunitario, hormonal, cerebral y nervioso, influyendo incluso en la prevención de afecciones crónicas y el proceso de envejecimiento. Una microbiota desequilibrada, en particular, puede propiciar la inflamación crónica, lo que acelera el deterioro celular y orgánico, un fenómeno conocido como 'inflammaging'. Por tanto, cultivar un microbioma robusto no es solo una cuestión de salud presente, sino una inversión en una longevidad más plena y vital, impactando directamente en la calidad de vida a medida que avanzamos en edad.

La Dra. Silvia Gómez Senent, destacada médica especialista en aparato digestivo del Hospital La Paz, ofreció una perspectiva iluminadora sobre este intrincado ecosistema microbiano en su ponencia 'Microbiota intestinal, vaginal y menopausia. Una conexión desconocida' durante el 'Womanhood Summit 2025'. Con dos décadas de experiencia, la Dra. Gómez Senent desentrañó la complejidad de la microbiota, comparándola con un 'universo Marvel' donde conviven microorganismos beneficiosos y otros menos favorables, pero todos necesarios para el equilibrio. Su libro 'Universo microbiota' profundiza en cómo cuidar estas colonias de microorganismos para optimizar la salud general.

Un aspecto particularmente relevante en la salud femenina es la interconexión entre las microbiotas intestinal y vaginal. La Dra. Gómez Senent explicó que comparten hasta 150 especies de bacterias, siendo los lactobacilos predominantes en ambas. Esta comunicación bidireccional implica que la salud de la microbiota intestinal incide directamente en la vaginal. Además, el perfil microbiano de la mujer evoluciona a lo largo de su vida, influenciado por factores genéticos, la dieta, la higiene, el estrés y, de manera crucial, por las fluctuaciones hormonales, especialmente los estrógenos.

Los estrógenos desempeñan un papel vital en el mantenimiento de una microbiota vaginal saludable. En condiciones óptimas, estas hormonas estimulan la producción de glucógeno en las células vaginales, que a su vez sirve de alimento para los lactobacilos. Un mayor nivel de estrógenos se traduce en una mayor abundancia de estas bacterias beneficiosas, que son responsables de mantener un ambiente vaginal ácido, protegiendo contra infecciones y patógenos. Sin embargo, con la disminución de los estrógenos durante la menopausia, la cantidad de lactobacilos se reduce, el pH vaginal se vuelve más alcalino y la zona se vuelve más susceptible a inflamaciones e infecciones, lo que agrava síntomas menopáusicos como sofocos, hinchazón, insomnio y cambios anímicos.

La doctora también subrayó un mecanismo fascinante: la capacidad de la microbiota intestinal para 'rescatar' estrógenos. Los estrógenos, una vez metabolizados en el hígado, pueden unirse a otras moléculas y ser excretados. Sin embargo, las enzimas liberadas por las bacterias de la microbiota intestinal pueden romper estas uniones, permitiendo que los estrógenos regresen al torrente sanguíneo. De este modo, una microbiota intestinal saludable puede contribuir a mantener niveles adecuados de estrógenos, mitigando los síntomas asociados a su declive durante la menopausia.

Estudios científicos respaldan esta conexión, mostrando que la modulación de las microbiotas intestinal y vaginal puede reducir significativamente los síntomas de la menopausia. Por ejemplo, se ha observado que mujeres menopáusicas con sintomatología severa presentaban alteraciones en su microbiota, a diferencia de aquellas con síntomas leves o ausentes. Esto resalta la importancia de intervenir en el microbioma para mejorar el bienestar femenino en esta etapa de la vida.

Para nutrir una microbiota saludable y, por ende, promover una vida más larga y de mayor calidad, la Dra. Gómez Senent enfatiza varias pautas. La alimentación es el pilar central: una dieta rica en frutas, verduras y fibra nutre a los lactobacilos y bifidobacterias. El consumo de proteínas vegetales y animales, así como grasas saludables como el aceite de oliva, también modula positivamente el microbioma. Es crucial reducir la ingesta de azúcares refinados, grasas no saludables y harinas procesadas, que fomentan el crecimiento de bacterias patógenas. Incorporar probióticos a través de alimentos como el yogur, y consumir carbohidratos accesibles a la microbiota (pectina en manzanas, fibra, betaglucanos en hongos, frutos rojos y fermentados como el chucrut o la kombucha) son estrategias clave. Además, se desaconsejan las dietas restrictivas que pueden desequilibrar el microbioma. La hidratación adecuada, una higiene íntima suave y el uso de probióticos al tomar antibióticos son también vitales. Finalmente, la gestión del estrés, a través de prácticas como el mindfulness, el ejercicio o actividades relajantes, es fundamental, ya que el estrés puede impactar negativamente la salud de la microbiota.