España se encuentra inmersa en una transformación climática sin precedentes, según un reciente estudio del Observatorio de la Sostenibilidad. Los días de veranos templados han quedado atrás, dando paso a una nueva era de temperaturas extremas y olas de calor persistentes, un fenómeno que los expertos han denominado “Infernalia”. Esta realidad, evidenciada por datos históricos y proyecciones alarmantes, subraya la necesidad crítica de implementar estrategias de adaptación urgentes para salvaguardar la salud pública, la infraestructura y el bienestar general de la población.
El informe “CALOR EXTREMO 2025” del Observatorio de la Sostenibilidad destaca la dramática alteración del patrón climático español. Utilizando registros centenarios de estaciones meteorológicas certificadas por la Organización Meteorológica Mundial, el análisis revela que, a partir de 2015, el país ha experimentado un cambio radical. Los veranos ya no son episodios aislados de altas temperaturas, sino periodos prolongados de calor severo, donde las anomalías térmicas superan los 3°C con una regularidad preocupante. Esta consistencia en las altas temperaturas ha llevado a que el 90% de los veranos de la última década sean clasificados como muy severos o severos, una situación inédita antes de este punto de inflexión.
Fernando Prieto, director del Observatorio, ha señalado que esta evolución ha superado las proyecciones más pesimistas sobre el cambio climático. Un dato contundente es que casi la mitad de todos los récords de temperatura máxima absoluta en España se han alcanzado en los últimos cinco años. El verano de 2022, calificado de “inexplicable” por los meteorólogos, sirve como un claro ejemplo, con termómetros superando los 46°C en varias localidades y algunas provincias soportando hasta 41 días consecutivos de ola de calor, afectando a la totalidad de la península y las Islas Baleares de manera sin precedentes.
Este incremento térmico no se restringe únicamente a la estación estival. Desde 1961, la temperatura media nacional ha subido 1,65°C, con una aceleración notable desde el inicio del milenio que impacta a todas las estaciones del año. Esta escalada de calor tiene múltiples repercusiones negativas, desde un aumento significativo en la mortalidad, especialmente entre la población más vulnerable, hasta la proliferación de patologías cardiovasculares, respiratorias y un incremento en la insuficiencia renal. Las noches tropicales, cada vez más comunes, afectan el sueño y la salud mental, saturando los servicios de emergencia. Además, la pobreza energética agrava las desigualdades, dejando a muchas familias desprotegidas frente a estas condiciones extremas.
Los ecosistemas y la economía también sufren las consecuencias de esta nueva realidad climática. Los recursos hídricos están bajo una presión extrema y el riesgo de incendios forestales ha alcanzado niveles críticos, llevando a expertos a considerar una nueva categoría: incendios de séptima generación, comparables a los observados en regiones boreales o California. El Mediterráneo, por su parte, experimenta temperaturas inusitadas, incrementando la probabilidad de fenómenos meteorológicos extremos como las DANA y supertormentas estáticas. Económicamente, Europa ya ha visto una reducción de hasta el 0,98% de horas laborales en sectores sensibles al calor, como la construcción y la agricultura, según el meteorólogo Peio Oria. Además, la reputación de España como destino turístico estival está en declive, con publicaciones internacionales como The New York Times advirtiendo sobre el fin de los “euroveranos” tradicionales, lo que genera críticas hacia la inacción gubernamental para preparar las ciudades ante el “caos climático creciente”, como señala el científico Antonio Turiel.
Frente a este escenario desafiante, la adaptación se presenta como la única vía posible. Es imperativo que se implementen medidas coordinadas y expeditas para construir resiliencia. Esto incluye identificar y proteger a las poblaciones vulnerables a través de apoyo económico para la climatización y el desarrollo de redes comunitarias de apoyo. Las áreas urbanas deben ser transformadas mediante la creación de refugios climáticos accesibles durante todo el día, la renaturalización con fuentes y nebulizadores, y la promoción de pavimentos que reduzcan el calor. La instalación de tejados solares, que además de generar energía limpia, ofrecen sombra y reducen la temperatura de los edificios, también es una medida clave. Finalmente, la mejora de los sistemas de alerta temprana y la comunicación efectiva con la ciudadanía son esenciales para garantizar la seguridad y el bienestar en esta nueva era climática.
