El panorama informativo actual, dominado por la conectividad constante y la omnipresencia de las redes sociales, presenta desafíos significativos para el bienestar psicológico. Lo que antaño se concibió como un espacio para la libre difusión de conocimiento, se ha transformado en un terreno fértil para la desinformación y el fomento de la polarización. Esta realidad exige una mayor conciencia sobre cómo el consumo digital influye en nuestro estado emocional y la necesidad imperante de adoptar medidas proactivas para resguardar nuestra estabilidad mental.
Elías Said-Hung, catedrático de Ciencias Sociales de la Universidad Internacional de La Rioja y codirector de Hatemedia, un proyecto enfocado en el monitoreo del discurso de odio en plataformas digitales españolas, subraya la naturaleza cada vez más riesgosa del entorno en línea. Según su análisis, la constante exposición a mensajes de odio contribuye directamente al aumento de la ansiedad, la depresión y el estrés en los individuos. Un efecto notable es la disminución del bienestar psicológico general, que a menudo se acompaña de un incremento en la impulsividad y la participación en comportamientos arriesgados. Un ejemplo ilustrativo de esta conexión se observó durante la pandemia de COVID-19, donde un mayor uso de las redes sociales se correlacionó con un aumento de trastornos como la depresión y el estrés postraumático, particularmente en poblaciones con vulnerabilidades preexistentes. Si a esto le sumamos la dinámica actual de las redes sociales, con su creciente saturación de contenido negativo, el riesgo para la salud mental se vuelve más pronunciado y persistente.
Laura Palomares, psicóloga y fundadora de Avance Psicólogos, añade que la inmersión en un flujo constante de información adversa, que evoca emociones como el temor, la alarma y el pesimismo extremo, genera una ansiedad considerable. Esta situación provoca una sensación de incertidumbre y una necesidad desmesurada de control, llevando a las personas a buscar aún más información en un intento fútil de dominar la situación. Mantener este ciclo vicioso a largo plazo no solo perpetúa la ansiedad, sino que también puede derivar en un estado de ánimo deprimido y sentimientos de desamparo. Un estudio de Newsy realizado en 2020 reveló que la cantidad de tiempo dedicado a consumir noticias sobre la pandemia influía directamente en el nivel de temor experimentado por los encuestados, lo que sugiere una relación entre el consumo de información negativa y el aumento de la angustia. La tendencia humana a enfocarse en lo adverso puede llevar a un ciclo de autoafirmación de pensamientos negativos, que, en lugar de aliviar, intensifica la angustia y el malestar emocional.
Los algoritmos desempeñan un papel fundamental en este escenario. Said-Hung enfatiza que, para gestionar el impacto de la información perjudicial en las redes sociales, los usuarios deben implementar estrategias de autorregulación, mejorar su alfabetización mediática y utilizar herramientas de filtrado para evaluar la credibilidad del contenido. Es esencial comprender cómo funcionan los algoritmos y los sesgos asociados a ellos, así como la naturaleza emocionalmente impulsada de las redes sociales. Dada la tendencia de estas plataformas a reforzar percepciones preexistentes, es vital que los individuos adopten un enfoque autónomo en su interacción con ellas, estableciendo metas claras para evitar intercambios perjudiciales.
Es indispensable filtrar el contenido irrelevante o engañoso, priorizando fuentes confiables que permitan verificar la información consumida. Además, establecer normas colectivas puede contribuir a reducir la difusión de datos incorrectos, fomentando la reflexión crítica y la vigilancia conjunta. Aunque estas tácticas son útiles, Said-Hung concluye que las diferencias individuales en la susceptibilidad al sesgo de negatividad son relevantes; aquellos con una visión más pesimista pueden ser más propensos a buscar noticias negativas, y la educación en medios puede mitigar este sesgo.
La protección de la salud mental en la era de la información hostil es una prioridad. Tres expertos ofrecen valiosas pautas para abordar este desafío.
Laura Palomares, psicóloga, aconseja limitar la dependencia de la red: “No todas las respuestas se encuentran en línea, y obsesionarse con las preocupaciones digitales es contraproducente. Participar en actividades más tangibles y menos virtuales nos ayuda a sentirnos mejor.”
Beatriz Portela, CEO de Okiko, una agencia de RR.PP. y marketing digital, advierte sobre el comportamiento de la multitud: “Un individuo malintencionado es menos perjudicial que una centena de seguidores irreflexivos; el verdadero problema radica en quienes replican contenido de odio sin considerar sus implicaciones ni el daño potencial. La masa adicta a las redes sociales, que actúa sin reflexión, es la preocupación principal.”
Beatriz Portela también destaca la necesidad de una regulación legislativa. “Aunque hemos avanzado en la apreciación de una belleza más inclusiva, las redes sociales imponen una presión considerable sobre niñas y adolescentes, presentando un ideal de belleza femenina irreal, alterado por filtros, sin que aún exista una legislación que aborde este tema.”
Laura Palomares sugiere eliminar perfiles negativos: “Debemos identificar y dejar de seguir los perfiles o noticias que abusan de la negatividad, o que se centran constantemente en quejas o críticas.”
Elías Said-Hung, catedrático, enfatiza la importancia de priorizar contenido verificado: “Es fundamental identificar el origen de la información y el tipo de URL utilizada para validar los mensajes. También es útil considerar la valoración de otros usuarios. Estas acciones requieren una alfabetización mediática mínima para filtrar el contenido de manera efectiva.”
Finalmente, el uso consciente de las redes sociales y la capacidad de discernir entre información fidedigna y desinformación son elementos cruciales para mantener la estabilidad emocional. Al fomentar un entorno digital más crítico y responsable, podemos mitigar los efectos perjudiciales de la negatividad y la polarización, promoviendo así un mayor bienestar psicológico en la sociedad.
